Política 2.0
Al carajo el sistema burocrático corrupto
¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar que votar es solo un ardid, y que la democracia no existe?
Cada período electoral —sea cada cuatro años, seis, o lo que toque— deja ese sabor amargo en la boca. Nunca encontramos al candidato ideal, que suelen ser títeres preseleccionados, o peor aún, el tipo que ganó resulta ser todo lo contrario de lo que prometía, como siempre, en realidad. Las promesas son anzuelos para los tontos y crédulos. Y no lo digo yo, lo demuestra la experiencia reciente de gobiernos en casi todos los países.
¿Porqué carajo? El poder político muchas veces no es más que un puesto para agarrarse de la teta del Estado — no solo para cobrar un buen sueldo, sino para usufructuar privilegios invisibles, hacer negocios turbios, favorecer amigos, bancos, empresas sombras.
En Latinoamérica la corrupción es el sistema que gobierna. Las políticas sin corrupción son una especie de utopía, que a ratos quiere asomar, pero le rompen la cara. La política y la corrupción se han fundido; se estrechan manos en secreto, el narcotraficante cobra favores que no salen en los medios, a los investigadores reales los invisibilizan y a los mentirosos los ponen a dar noticias. Grandes empresas compran escaños para diputados, y los representantes supuestamente de los pueblos o provincias o Estados, no son más que colegas de las farmacéuticas, las grandes cadenas de supermercados y los grandes lobies de poder económico.
“Democracia” dicen — “poder del pueblo” — pero los que realmente mandan son los que meten plata, los que financian campañas, los grupos de poder oculto, los políticos escogidos por la CIA o por una ONG de la que nadie conoce y financiada por la ONU, que son sistemas de control político solamente. El pueblo es dueño de un cuento, pero en la práctica es espectador, por no decir el ganado.
Y la mayoría lo sabe. O lo intuimos. Y esa brecha entre lo que nos prometen y lo que realmente vemos hace que cada vez nos importe menos, que nos alejemos, que nos dejemos inflar de cinismo. Porque, ¿para qué creerse otra promesa si ya se ha probado que la traición al votante es pan de cada elección?
No importa si es capitalista, socialista o de centro. Todos se corrompen en el proceso, para poder llegar más alto, y más cuando el poder está cerca. Todos aceptan favores, todos tienen sus redes de financiamiento dudosas, todos terminan representando más al que pone los dólares o al que está amenazando en la mesa, que representa intereses de naciones más poderosas.
Criticamos desde las gradas, sí, pero cuando uno está ahí —aunque sea un poco cerca— la mayoría sueña con poner las manos en la masa, con morder su tajada. La fama, los privilegios, la sensación de control, son seductores como pocas cosas. Así que la mayoría solo critica por envidia y frustración.
Pero no todo es pura rabia. Porque quizá hay otra forma: Pensaba en Linux, ese sistema colaborativo, abierto, flexible. Un kernel con millones de líneas de código hechas por miles de personas que contribuyen: corrigen fallos, añaden funciones, rehacen módulos. Un sistema que no depende de un solo dueño, sino de una comunidad que opina, revisa, participa.
¿Y si así fuese la política?
Imagínate un modelo participativo —realmente participativo—, digital y descentralizado, donde todos los que saben de algo (ingenieros, educadores, expertos, ciudadanos con ganas) puedan meter sus parches al país, donde los representantes sean elegidos, pero también removibles si no cumplen; donde los proyectos se definan colectivamente, con transparencia y responsabilidad; donde los impuestos se paguen como debe ser, pero con rendición de cuentas claras, y contratando al mejor en precio y calidad, no al que apostó por una marioneta del sistema. Donde no tengamos que esperar cada cuatro años para gritar que nos engañaron otra vez, sino podamos participar en tiempo real. Donde “votar” no sea una ilusión, sino una pieza de un gran mecanismo de participación constante.
Puede sonar utópico. Puede sonar soñador. Pero mirar hacia lo que ya funciona en otras esferas (tecnológicas, sociales) puede darnos pistas. No quiero seguir con el déjà vu cada período electoral, escuchando exactamente lo que ya escuché, esperando lo que nunca llega.
Tampoco creo que salir a las calles a quemarlo todo sea la solución más sensata —aunque a veces quisiera ver los gobiernos arder— Pero al final, eso solo saca el enojo masivo y trae algo peor. ¿Pero si símplemente dejamos de lado a los engendros del mal que qufieren seguir succionando la sangre de la gente como parásistos?
En la mayor parte de latinoamérica, hasta el 70 % de la población tiene poca o ninguna confianza en la capacidad de los políticos en resolver los problemas más graves de cada país.
Hoy en la región se respira una mezcla de hartazgo y desconfianza política que ya no puede ignorarse: apenas 48 % de la población dice que apoya la democracia como sistema de gobierno. Y lo más triste es que la mayoría ni siquiera sabe qué carajos significa “democracia”; no entiende que, en la práctica, no existe, que es solo una palabra bonita, una ilusión semántica diseñada para mantener el control de las masas.
Además, un escalofriante 73 % siente que los partidos tradicionales ni los políticos se preocupan por ellos —una cifra mucho más alta que el promedio global—, lo que revela una desconexión brutal entre la clase política y la gente común.
Por eso hay que pensar fuera del molde, romper el tablero y empezar de nuevo. Crear un sistema descentralizado, donde las decisiones no dependan de unos pocos enchufados, sino de todos, como en el sistema operativo tipo Linux, abierto, colaborativo, transparente. Un modelo en el que cada ciudadano pueda aportar, revisar, corregir, proponer; donde el país se construya entre todos, sin intermediarios que babean por el dinero robado, o principitos hebrios de poder.
Es hora de mandar al basurero este circo de plutócratas y cleptócratas que solo se reparten el botín cada pocos años.
Para que esto no se quede en un sueño bonito, hay que marcar una ruta clara. Empezar desde abajo: barrios, pueblos, comunidades pequeñas donde se pueda probar una plataforma abierta, tipo Linux, de código libre y transparente, donde cualquiera con identidad verificada pueda participar, opinar y votar sobre los proyectos de su zona. Una especie de “gobierno ciudadano” digital, donde todo quede registrado y cualquiera pueda auditarlo.
A la par, se puede crear un marco legal simple que permita referendos digitales, revocaciones y contratos públicos transparentes, todo en tiempo real. No hace falta tumbar el sistema de golpe, basta con ir reemplazando lo viejo por lo que funcione mejor. Los políticos tradicionales podrían convivir un tiempo con comisiones ciudadanas y grupos técnicos hasta que el nuevo modelo demuestre que puede caminar solo.
Hay que involucrar desde el inicio a estudiantes universitarios —rebeldes al sistema—, emprendedores, cooperativas, expertos en distintas áreas y hasta comunidades rurales, para que todos tengan acceso y aprendan cómo participar. Lo importante es medir los resultados con cosas concretas: menos burocracia, más participación, menos corrupción. Si algo no funciona, se ajusta, sin tanto drama.
Esto no es ciencia ficción, es cuestión de voluntad. Pero la gente tiene que despertar, organizarse y meter presión, porque el cambio no va a venir de los de arriba, ellos están muy cómodos con las cosas como están. Y si a los de siempre no les gusta... pues que se jodan.



